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sábado 14 de mayo de 2011

EL MIEDO COMO DISTRACCIÓN


Octavio Rodríguez Araujo

El año pasado escribí en estas páginas que la política del miedo es deliberada. Y citando a Furedi, decía que es un proyecto manipulador que intenta inmovilizar la inconformidad pública, por lo que se inventan o se exageran miedos como una pandemia de gripe, el calentamiento global como fatalidad que acabará con el planeta, la obesidad o el tabaco como epidemias que matarán a millones de personas, o el narcotráfico y el terrorismo que amenazan nuestra vida cotidiana y nuestra paz y tranquilidad. Para Hobbes –señalaba Furedi–, uno de los principales objetivos del cultivo del miedo era neutralizar cualquier impulso radical de experimentación social a futuro. Para lograr este objetivo Hobbes argumentaba que la gente debe ser persuadida de que entre menos desafía el estado de cosas y al poder, mayores ventajas habrá para la comunidad y para los individuos. Esto es, la aceptación y no la protesta, el conformismo y no la búsqueda de cambios (porque éstos también dan miedo). En 2006 se usó la expresión es un peligro contra México, en referencia a López Obrador, con la misma intención de provocar miedo, al personaje y a sus propuestas de cambios, y para afirmar en la población la aceptación de su circunstancia (mala pero conocida), es decir su conservadurismo conformista.

La estrategia del miedo suele ser empleada por los gobiernos para sumar apoyos en una perversa lógica de unidad nacional. Bush usó esta estrategia a partir del 11 de septiembre de 2001 y gracias al miedo que generaron los cuestionados ataques terroristas de esa fecha se pudo imponer, con pocas protestas en su contra, la Ley Patriótica, que ha disminuido considerablemente las libertades ciudadanas en ese país al mismo tiempo que ha aumentado la discriminación activa a los árabes y musulmanes o quienes parezcan serlo.

En México Calderón quiso usar la misma estrategia al lanzarse a una guerra contra un enemigo supuestamente común de todos los mexicanos: el narcotráfico, y para no quedarse atrás de Bush, lanzó su iniciativa de Ley de Seguridad Nacional (todavía no aprobada por el Congreso de la Unión). Pero en tanto el gobierno de Washington creaba un enemigo externo Calderón magnificaba un enemigo interno. La diferencia no es menor: allá se invadía a otras naciones y los muertos han sido en su mayoría extranjeros en sus respectivos países. Acá los muertos son mexicanos e inmigrantes centroamericanos de paso por nuestro país, y por más que el titular del Ejecutivo y sus secretarios se desgañiten diciendo que gobierno y sociedad deben trabajar juntos para abatir al crimen organizado y que la seguridad concierne a todos (Blake), amplios sectores de la población no les creen pues los muertos forman parte de ellos mismos y no son extranjeros en países lejanos.

Sin embargo (y aquí está el punto central), la insistencia en la unidad nacional no ha menguado, como tampoco la política del miedo como fórmula distractora para que la sociedad, si acaso, proteste por sus muertos y la inseguridad, pero no por su situación estructural de pobreza y ausencia de expectativas.

La estrategia es diabólica: entre más muertos haya, más vivos se sentirán afectados en carne propia o en la de sus familiares o amigos. Doloroso, sí, pero el miedo, en los cálculos del gobierno, crecerá, está creciendo, y si hay protestas –como las ha habido– éstas serán por la inseguridad, la impunidad de los criminales, la corrupción de los funcionarios, la indefensión de los ciudadanos en las calles y hasta en sus casas, pero no por las políticas públicas que han favorecido el crecimiento de la pobreza y la desigualdad. No parece casual que en las grandes marchas que ha habido en contra de la inseguridad, desde la de 1997 en la que participaron Calderón y su esposa con un banderín azul que decía ¡Ya basta!, hasta la más reciente (mucho menos numerosa que las de 2004 y 2008, convocadas por las derechas), se haya hablado de unidad nacional, de un México unido y en contra de los partidos que dividen a la población. Incluso Javier Sicilia, que es considerado de izquierda en ciertos medios, habló en una entrevista de la necesidad de un candidato de unidad nacional, tal vez ciudadano (Milenio, 08/05/11), y acusó (elípticamente y como especulando a petición de su entrevistador) a López Obrador de dividir al país, como si no hubiera diferencias evidentes y constatables entre su población. Los cambios necesarios y un nuevo y distinto proyecto de nación para beneficio de los más y no de los menos, no han sido temas centrales en estas expresiones de protesta. Un cierto conformismo, conservador en el fondo, es el que está detrás de las protestas por la inseguridad del país que, siendo real e insoportable, no es el principal problema de los mexicanos.

El antídoto contra el miedo es la protesta. Pero para que ésta sea efectiva debe distinguirse con claridad quién ha provocado la política del miedo y para qué. Calderón pensó que con su política estimularía la unidad nacional en torno a su ilegítimo gobierno, que ganaría legitimidad combatiendo al crimen organizado y limpiándole el patio trasero (como nos ven) a Estados Unidos. Si no se distingue el para qué de la política del miedo provocada por Calderón como una estrategia de unidad nacional, de legitimidad y de distracción, se corre el riesgo de caer en la trampa de pedir la renuncia del secretario de Seguridad Pública (García Luna) y no la de Calderón (jefe del primero y responsable de lo que haga o deje de hacer), como exigían a gritos centenas de manifestantes el pasado domingo y frenados por el propio Sicilia con el argumento de que no se quiere más odio.

El miedo se ha usado siempre desde el poder como una medida de distracción frente a los problemas estructurales de mayor profundidad y alcance, y que muchos dan por normales cuando debieran ser los motivos de la protesta. No basta exigirle al gobierno protección ciudadana y seguridad, que desde luego debiera garantizar, sino políticas de desarrollo nacional que disminuyan la desigualdad, la pobreza, la falta de educación y empleo, la corrupción y la injusticia en general. Si Calderón no quiere o no puede, que renuncie. El problema es político, no de odios ni de simpatías (si acaso éstas existen).

http://rodriguezaraujo.unam.mx

MIGRANTES EN BUSCA DEL PAN PARA SU FAMILIA


LOS MIGRANTES Y SU PASO POR TERRITORIO MEXICANO

NO SON INVISIBLES, SON NUESTOS HERMANOS

La necesaria solidaridad con nuestros hermanos migrantes centroamericanos debe darse. Diferimos con la idea de que van en busca del sueño americano, van en busca del pan para sus familias.

Socialismo Revolucionario México (SRM) aprovecha la oportunidad para presentar cuatro videos que tratan el tema de la problemática de nuestros hermanos centroamericanos al cruzar nuestro país en busca de trabajo para llevar el pan a sus familias.

SALUDOS FRATERNALES

Los invisibles


jueves 12 de mayo de 2011

LUCHA ELECTORAL EN MÉXICO

LE PEJE A QUIEN LE PEJE

Publicamos un excelente artículo del Maestro Octavio Rodríguez Araujo, precisando que Socialismo Revolucionario México (SRM) no es del PRD, de cuya política nos deslindamos totalmente. Tampoco somos del movimiento de Obrador denominado morena; pero si manifestamos nuestro acuerdo con el análisis del Maestro Araujo.

Ya es tiempo de hacer un análisis más allá de los adjetivos calificativos, más allá del yo pienso, del yo creo. Nuestro pueblo merece el esfuerzo de parte de los que luchamos por el cambio de recibir una, dos, mil opiniones que le informen y ayuden a formar opinión relativa al trascendental proceso electoral de 2012 y evitar que los mercanchifles de la política que puluan en los medios sean los únicos que “opinen” al respecto. Análisis serios, con rigor como el del politólogo y Maestro Araujo invitamos a todas las organizaciones y personas que reclaman el cambio a enviarnos, con el compromiso de que les daremos el espacio que consideren.

“LE PEJE” A QUIEN LE “PEJE”

Octavio Rodríguez Araujo *[1]

Nunca he usado “peje” para referirme a Andrés Manuel López Obrador. Así le llaman sus detractores y enemigos, es una expresión de desprecio o de chunga. Pero ahora la uso porque hace juego con “le pese a quien le pese

Esta frase sirve de título a una canción de Vicente Fernández, pero también se refiere a verdades que molestan, por ejemplo: en 1988 ganó la Presidencia Cuauhtémoc Cárdenas, como en 2006 la ganó AMLO, le pese a quien le pese.

El domingo asistí, invitado por los organizadores, a un mitin-asamblea de López Obrador en Cuernavaca. Pude observar, entre muchas anaranjadas y rojas, una sola bandera del PRD, aunque había también algunas mantas con el símbolo de este partido, pero en contra de las alianzas con el PRI y con el PAN. Se notó la ausencia, tanto entre el público como en el templete, de los dirigentes locales y nacionales del Partido de la Revolución Democrática. En representación de este partido en Morelos sólo asistió y habló su secretario general, además de otras personalidades de los partidos aliados (PT y Convergencia) y de movimientos sociales importantes en la entidad.

A los ausentes del PRD, que por lo visto ya se deslindaron de AMLO a pesar de que gracias a él ganaron puestos de elección popular, como una senaduría por Morelos, para sólo poner un ejemplo, no les resultó su estrategia de hacer el vacío e incluso organizar por lo menos un mitin en otra ciudad (mitin que no mereció ni siquiera una mención en los diarios locales). Le pese a quien le pese, el mitin-asamblea de López Obrador en Cuernavaca, como en otros lugares que ha recorrido para organizar a la gente, llenó la plaza sin que aparecieran, en días anteriores al acto, convocatorias en los periódicos, radio o televisión de Morelos. El boca a boca y las redes en Internet fueron suficientes para convocar a gente de todo el estado ese primero de mayo en la tarde.

Detrás de esa política de ninguneo que están llevando a cabo los “chuchos” y Ebrard, está un hecho inocultable: que AMLO es la única oposición real y frontal no sólo a Calderón, al PAN y al PRI (con sus partidos comparsas), sino que no ha estado dispuesto a negociar con las elites económicas ni políticas del país. Lejos de ello, Andrés Manuel se ha dedicado a reunirse con el pueblo y con algunos miembros de las clases medias más politizadas, entre éstas no pocos intelectuales. Marcelo Ebrard, en su encuentro con estudiantes del ITAM, lo dijo con toda claridad: será conveniente priorizar menos lo moral y más qué necesita el país para crecer. Señaló que para lograr ese objetivo se debe ser incluyente con la clase media y la iniciativa privada. Y añadió que se debe tener respeto por el sector empresarial del país y, sobre todo, pensar menos en quién tiene superioridad moral y más en quién necesitamos para lo que sigue en el país; esa será, me parece, una diferencia importante (nota de I. Valdez, Milenio online, 3/4/11).

En esa conferencia el jefe de Gobierno del Distrito Federal intentaba establecer sus diferencias con López Obrador. Por lo mismo, se interpreta que la alusión sobre la moral estaba dirigida al discurso de su antecesor en el gobierno capitalino, al igual que el énfasis en la clase media y la iniciativa privada. La expresión crecer tampoco es inocua: lo que necesita el país es desarrollo, no sólo crecer, y Ebrard debe saber la diferencia entre ambos conceptos, pero dijo crecer. La referencia a la clase media tampoco es casual: es la clase, en general, más conservadora del país, la que de veras se creyó que AMLO era un peligro contra México, la que desprecia a los pobres, porque ya superó ese origen y no quiere ser identificada con ellos, y la que paradójicamente admira a los verdaderamente ricos, a pesar de que muchos clase medieros salieron de entre ellos, expulsados por la concentración de capital que en México ha sido escandalosa. La clase media no se mezcla con la chusma, con los pobres mal vestidos y mal alimentados, salvo cuando deben protestar por la inseguridad que es lo que creen que más les afecta. La iniciativa privada, por otro lado, es también variada: no es lo mismo Slim o Azcárraga, que el dueño de una pizzería o de una tienda de ropa. Mientras los primeros se hacen cada vez más ricos, los segundos tienen que cerrar su negocios, entre otras razones por la inseguridad, que sí existe, pero más que todo porque el número de consumidores ha disminuido por la pauperización creciente de la mayoría de la población del país.

Cuando AMLO señala que el origen de la violencia está en la desigualdad, la pobreza y la falta de oportunidades para los jóvenes, entre otras razones, no está diciendo sino algo que es evidente, pero que no quieren ver los que creen que el crimen organizado se debe exclusivamente a la maldad de los malos y a la incompetencia del gobierno para acabarlos de una vez aunque sea militarizando el país. Para Ebrard la visión de Andrés Manuel es moralista, entre otras cosas porque habla de complicidades entre gobernantes y criminales, y de corrupción no sólo abajo sino arriba. Es moralista también porque habla de solidaridad humana que es un valor fundamental en el engrandecimiento de un país, y más cuando la ideología dominante preconiza el individualismo, la competencia entre las personas, la superación personal como fórmula exclusiva para tener éxito, el éxito como materialización de tener dinero y el valemadrismo por la desesperación de los demás por falta de empleo y de comida.

De los chuchos no hay mucho que decir: están convencidos de su pertenencia a las elites políticas y económicas y de las ventajas políticas de la negociación con el poder establecido y del derecho de picaporte que les da el hecho de no ser oposición radical sino arreglada a conveniencia; light, digamos. Como muchos, están persuadidos de que el que no transa no avanza, sin importarles la ética política ni los principios.

Pero, le pese a quien le pese, lo que está intentando López Obrador es acercarse al pueblo-pueblo, que sigue siendo mayoritario, organizarlo no sólo para que vote sino para que defienda el voto (y no ocurra lo mismo de 1988 y 2006) y oponerse verdaderamente con un proyecto de país que, obviamente, no es del agrado de quienes se han visto beneficiados (o creen verse beneficiados) con el neoliberalismo consolidado por Salinas de Gortari y sus sucesores, PRIístas y PANistas por igual.

Mi apoyo a AMLO, que no disimulo aunque tenga diferencias con él en varios aspectos, es porque es el único líder que ha demostrado oposición al régimen neoliberal y quiere otro país basado en el desarrollo (no el crecimiento), en la ética política, en la democracia participativa, en la solidaridad social, en la disminución de la pobreza y de la desigualdad. No es socialista, ni lo ha pretendido, pero él y los que lo apoyamos estamos convencidos de que así como estamos vamos al desastre (¿o ya estamos en éste?). Urge un cambio, y no sólo de gobernantes.

http://rodriguezaraujo.unam.mx



[1] Octavio Rodríguez Araujo es catedrático de la UNAM en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y uno de los politólogos más reconocidos del país, con una enorme trayectoria como Maestro, investigador así como una extensa publicación de libros, investigaciones y artículos. Octavio es parte de la lucha social del pueblo trabajador.

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